Los seres humanos, de forma espontánea y desde que somos niños, manifestamos ciertas tendencias en nuestras formas de comportamiento. Estas formas de comportamiento pueden resultar útiles en el entorno en el que el niño crece, en cuyo caso, el pequeño mantendrá este tipo de comportamientos o por el contrario su forma de comportarse puede resultar completamente infructuosa lo que llevara a este tipo de conductas a extinguirse o desaparecer. Es la conocida teoría de la evolución de las especies de Darwin. Todo aquello que deja de resultar útil desaparece, mientras que lo que se muestra efectivo para la supervivencia de una especie permanece.

Son muchos los rasgos de personalidad que pueden diferenciar a unas personas de otras, tantos como las diferencias en los contextos en los que éstas han de desenvolverse. Si a un ser humano se le priva del afecto tenderá a desarrollar habilidades que le permitan conseguirlo. Si sus progenitores crecieron en una situación similar, ya desarrollaron estas habilidades por él y afortunadamente la genética permite que las transmitan a sus hijos. Es uno de los grandes avances de las neurociencias, los padres transmiten a sus hijos conocimientos o habilidades que han aprendido durante su vida. En realidad no transmiten las habilidades tal cual, sino una predisposición a desarrollarlas con facilidad.

Uno de estos rasgos de personalidad, es la tendencia al orden, la organización y el perfeccionismo o por el contrario el gusto por lo inesperado, lo arbitrario e imprevisible. Es fácil pensar, que personas que han crecido en ambientes muy estructurados y organizados, tienden a sentirse cómodos en ellos, es decir, que el ambiente en el que crece una persona determina dónde se va a sentir cómoda esta persona. La mayoría de las personas preferimos este tipo de ambientes, organizados y previsibles, donde tenemos cierto control y sensación de seguridad. Pero me gustaría plantear cómo esto que sin duda es algo deseable puede llegar a convertirse en algo patológico, como sucede cuando mido al milímetro la posición de cada cosa o calculo al minuto el  momento en el que tengo que hacer algo o pienso durante días dudando antes de tomar una determinada decisión porque quiero estar seguro. Hay muchas personas que sufren diariamente tratando de conseguir esta sensación de control, de orden, tratando de tener una certeza irrefutable sobre la realidad que les proporcione confort y sosiego. Este parece ser el principio del constructo que viene siendo objeto de tratamiento por la psicología clínica en las personas perfeccionistas o que presentan obsesividad por el orden u otros aspectos. Este constructo recibe el nombre de Intolerancia a la incertidumbre. Tanto niños como adultos vivimos ilusionados con predecir lo que va a pasar, ya lo hemos descrito en algún artículo, es uno de los principales objetivos de la educación enseñar que las conductas tienen unas consecuencias en el entorno. Pero cuando siempre busco el control, cuando no me enfrento nunca a la incertidumbre, a lo espontáneo, cuando no asumo cierta dosis de riesgo en el día a día esto hace que no pueda habituarme, ni desarrollar tolerancia o capacidad de aguante a esa sensación de impredictibilidad. A estas personas, hay que enseñarles que ciertas dosis de incertidumbre no sólo no son negativas sino que pueden aportar ilusión y felicidad a nuestros días. Haciendo que poco a poco y gradualmente se enfrenten a pequeñas situaciones que quedan fuera de su control, irán habituándose y entendiendo que por suerte o por desgracia en esta vida no podemos preverlo todo.