Son muchos los trabajos e investigaciones que parecen concluir que el cerebro  de las personas que cometen delitos graves, suele presentar una actividad diferente al del resto de la población.  Un estudio realizado a largo plazo en el que se hacia seguimiento de 1.795 niños nacidos en dos ciudades distintas, con edades comprendidas entre los 3 y los 23 años, midió distintos aspectos del crecimiento y desarrollo de estos individuos. Con el tiempo pudo comprobarse que 137 de estos chicos se convirtieron en delincuentes. Una de las pruebas a la que sometieron a los participantes a los 3 años, medía su respuesta al miedo, en este experimento se asociaba un estímulo, como un sonido, con un castigo por ejemplo una pequeña descarga eléctrica, de forma que luego se comprobaba la reacción fisiológica de los menores ante la presencia del sonido. En este caso, los investigadores encontraron una clara falta de respuesta al miedo en los niños de 3 años que más tarde se convertiría en delincuentes. Estos resultados fueron publicados en la American Journal of Psychiatry de enero de 2010. Los escáneres cerebrales de las personas antisociales, comparados con un grupo control de individuos sin trastornos mentales, mostraron una reducción media del 18 por ciento en el volumen de la circunvolución frontal media del cerebro, y una reducción del 9 por ciento en el volumen de la circunvolución frontal orbital.

Otro estudio publicado en Archives of General Psychiatry de septiembre de 2009, comparaba a 27 personas con graves trastornos de personalidad antisocial, con 32 personas consideradas normales. En los psicópatas, los investigadores descubrieron deformidades en otra parte del cerebro llamada la amígdala, en la que los psicópatas mostraban un adelgazamiento de la capa externa y una reducción de volumen medio de esta parte del cerebro de un 18 por ciento. La amígdala es la estructura cerebral conocida como responsable de la gestión de las emociones de miedo y ansiedad, la que genera la respuesta emocional ante situaciones de peligro. En personas con trastornos antisociales parece que la respuesta al peligro está deteriorada o en algunos casos ni siquiera existe. Es esta una de las principales razones para invertir en educación emocional. Entender las emociones en los otros, empatizar con ellos, es la principal motivación de la conducta prosocial.

Por último una investigación de una importante universidad norteamericana, demostró cómo niños con tendencia a ser insensibles y carentes de emociones, de entre 7 y 12 años de edad, tenían un mayor riesgo de convertirse en delincuentes en la edad adulta. Sin embargo, la investigación mostró que estos rasgos no eran fijos, y podían cambiar en los niños a medida que crecían. En sus conclusiones esta investigación recomienda el establecimiento de protocolos de valoración psicológica que permita identificar a estos menores en riesgo, para poder aplicar con ellos programas preventivos de conductas antisociales mediante educación emocional.

La conducta delictiva no depende tan sólo del manejo emocional. En ocasiones son las circunstancias las que facilitan el delito, familias desestructuradas donde las agresiones se normalizan, consumo de drogas, carencia de necesidades básicas, pero tampoco resulta extraño que la fechoría pueda venir provocada por  frustraciones, dificultad para controlar impulsos o incluso, en casos más extremos, por una búsqueda patológica de placer.