Los conocimientos de los que dispone la Psicología han sido aplicados con éxito durante décadas a la mejora de la convivencia familiar y de las relaciones de pareja. Las técnicas utilizadas en este tipo de terapias van dirigidas fundamentalmente a la conquista de tres grandes objetivos. El primero de ellos es la mejora de la reciprocidad positiva entre los miembros de la relación, estableciendo un clima propicio para el afontamiento de los conflictos existentes.
El segundo es el entrenamiento en métodos y estrategias de resolución de problemas, aprendiendo a identificar, definir y concensuar cuándo ciertas circunstancias suponen un problema y por qué y sobre todo cómo generar opciones de resolución no sólo efectivas, sino además eficaces. Por último todas las interacciones dependen incondicionalmente de las habilidades de comunicación de los miembros de la relación en conflicto, que obviamente pueden ser estimuladas en algunos casos o mejoradas en otros tantos.
Es necesario, en este sentido, la conciencia de que las relaciones rotas no se diferencian de las estables ni en el tipo ni en la cantidad de conflictos que experimentan, sino en la habilidad para afrontarlos y resolverlos.